
Cristo de Bojayá: memoria, reconciliación y esperanza que habita en Palmira
El pasado 19 de mayo, la Diócesis de Palmira vivió una de las jornadas más profundas y significativas de su historia reciente: la entronización de la réplica del Cristo de Bojayá en el Patio de la Memoria del Cementerio Central. Un acto cargado de simbolismo, fe y compromiso con la vida, que reunió a diversos actores de la sociedad en torno a un mismo propósito: hacer memoria, dignificar a las víctimas y seguir construyendo caminos de reconciliación.
Un Cristo que nace del dolor de un pueblo
La historia del Cristo de Bojayá está marcada por uno de los episodios más dolorosos del conflicto armado colombiano: la Masacre de Bojayá, ocurrida el 2 de mayo de 2002, cuando un cilindro bomba lanzado en medio de enfrentamientos entre grupos armados impactó la iglesia del municipio, donde la población civil se refugiaba buscando protección.
El ataque dejó 119 personas muertas y 53 heridas, convirtiéndose en un símbolo del sufrimiento de las comunidades en medio de la guerra.
De entre los escombros, emergió una imagen que recorrería el mundo: un Cristo mutilado, sin brazos ni piernas, testigo silencioso del horror, pero también signo de una fe que no se destruye. Con el tiempo, esta imagen fue resignificada como símbolo de esperanza, resiliencia y dignidad de las víctimas.
De Bojayá a Palmira: un camino de memoria
En el mes que recuerda esta tragedia, la réplica del Cristo recorrió cerca de 600 kilómetros hasta llegar a Palmira, conectando territorios distintos pero unidos por una misma herida: la de miles de familias que aún buscan a sus seres queridos desaparecidos.
La jornada inició en la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción, donde se vivió un momento de encuentro, testimonios y reflexión. Posteriormente, en un gesto profundamente simbólico, se realizó una peregrinación hacia el Cementerio Central, lugar donde fue entronizada la imagen en el Patio de la Memoria.
Este espacio, construido con el esfuerzo de comparecientes de la Fuerza Pública, firmantes del Acuerdo de Paz y familiares de víctimas, alberga más de 600 osarios, muchos de ellos con personas aún sin identificar, representando el dolor persistente de las familias buscadoras.
Una Iglesia que acompaña y abraza
La celebración litúrgica estuvo presidida por Monseñor Rodrigo Gallego Trujillo, obispo de Palmira, acompañado por Monseñor Winstón Mosquera Moreno, obispo de Quibdó, y Monseñor Edgar de Jesús García Tobón, obispo emérito. También se unieron diversas instancias de la Iglesia, como la Pastoral Social Nacional, Cáritas Colombia y agentes pastorales de la región.
La presencia de la Iglesia no fue solo institucional, sino profundamente pastoral: una Iglesia que camina con el pueblo, que escucha el dolor de las víctimas y que se compromete con la paz.
Voces que construyen reconciliación
El acto reunió a múltiples voces que, desde distintas orillas, hoy trabajan por la reconciliación del país.
Marta Viviana Urbano-Arrechea, directora ejecutiva de la Corporación para el Desarrollo Regional, destacó que este lugar representa el dolor de más de 600 personas no identificadas y afirmó que la entronización del Cristo “contribuye a que este sea un lugar de memoria, donde se haga visible que es posible construir paz y devolver a las familias a sus seres queridos”.
Por su parte, el obispo de Quibdó recordó que esta imagen es “un testimonio vivo de lo que aconteció y que hoy se convierte en signo de esperanza para todo el país”, subrayando que la violencia jamás tendrá la última palabra.
Desde la experiencia de quienes estuvieron en el conflicto, Diego Alberto Barrio Suárez, mayor retirado del Ejército y director de una fundación de reconciliación, expresó que el Cristo de Bojayá “representa lo que ha pasado en la guerra, pero también el compromiso de quienes hoy trabajan voluntariamente por la paz”.
Asimismo, representantes de organismos internacionales como la Misión de Verificación de las Naciones Unidas resaltaron este proceso como un ejemplo de dignificación de las víctimas y de articulación entre distintos actores, poniendo en el centro la memoria como camino hacia una paz real.
Un gesto restaurativo que transforma
Más que un acto simbólico, la entronización del Cristo de Bojayá es parte de un proceso restaurativo profundo, en el que antiguos adversarios —firmantes de paz y miembros de la Fuerza Pública— han trabajado juntos durante más de dos años.
Inspirados en la promesa bíblica de transformar las armas en herramientas de vida, han aprendido a construir, literalmente, un lugar para la memoria: levantando estructuras, mezclando cemento y, sobre todo, reconstruyendo vínculos humanos rotos por la violencia.
En medio de dificultades, lograron avanzar en la construcción de este espacio que hoy acoge la imagen del Cristo como un signo permanente de reconciliación.
Un altar vivo de memoria
La jornada congregó a madres buscadoras, sobrevivientes de Bojayá, instituciones del Estado, organizaciones sociales, comunidad internacional, artistas, académicos y sociedad civil. Fue, en palabras de muchos participantes, un altar vivo de memoria, donde el arte, la fe y el compromiso social se unieron para dar sentido a la esperanza.
La presencia del Cristo mutilado en este camposanto es profundamente elocuente: un Cristo que refleja las heridas del país, pero que invita a ser sus manos y sus pies, a salir al encuentro del otro, a reconstruir desde la compasión.
Un llamado a Colombia
Este acontecimiento deja un mensaje claro:
la paz es posible cuando ponemos a las víctimas en el centro, cuando hacemos memoria y cuando decidimos, juntos, no repetir la historia.
La entronización del Cristo de Bojayá en Palmira no es el final de un proceso, sino el inicio de una nueva etapa:
un llamado a toda la sociedad a reconocerse como una sola familia, a sanar las heridas y a construir un país donde la vida tenga la última palabra.
En un tiempo marcado por tensiones y desafíos, este gesto se levanta como una luz:
todavía estamos a tiempo de reconstruirnos como nación.
Porque, como lo expresa este Cristo sin brazos ni piernas, hoy somos nosotros quienes estamos llamados a ser
sus manos que abrazan, sus pies que caminan y su corazón que ama en medio del dolor.









