Reflexión del domingo,

por nuestro obispo diocesano.

Nos han enseñado, sabiamente, que subir a la montaña es significar la vida del creyente que, en actitud ascendente, ha de vivir todos los días de su vida; subir es aproximarse a Dios; subir es imitar el ejemplo del Dulce Jesús Nazareno quien, subiendo al monte, pasó allí la noche en la oración de Dios; es imitar sus pasos salvíficos cuando subió al Calvario, cumbre de la Redención. ¡Qué admirable testimonio para beber de la fuente de la vida, el Padre Dios!... sólo quien arriesga subiendo a la altura, puede vislumbrar, tímidamente, el amor de Dios que nos creó; la inagotable bondad del Hijo que nos redimió; la resonante y discreta presencia del Espíritu que nos santifica y eleva hasta la alta vida de la santidad bautismal. En el Evangelio de hoy, se nos muestra a Jesús yendo al desierto –si la oración es signo de ascenso-, ir al lugar desértico es disponerse a eliminar todas las falsas seguridades que el mundo nos va dando y a fiar nuestra mirada en el Señor quien ha de ser nuestra única seguridad para vivir en la auténtica serenidad del espíritu. Si el Espíritu Santo impulsó a Jesús al desierto, es Él mismo quien nos va mostrando las maneras y los modos de romper con aquello que nos ata vilmente a la mundanidad; es Él quien nos quita el velo que se forma cuando nos entregamos a las obras de la carne y no a las del espíritu. Que esta Cuaresma nos enseñe a vivir del amor de Dios… lo demás es añadidura.@

† Rodrigo Gallego Trujillo, Obispo de Palmira

Oficina de comunicaciones diocesana

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